Blanca Brisac, la Rosa donostiarra

Era la mayor de las Trece Rosas, había nacido en Donostia, una ciudad que le debe un espacio para la memoria

 

El 5 de agosto de 1939 fueron fusiladas frente a la tapia del cementerio del Este en Madrid, las que han pasado a la Historia comos las Trece Rosas Rojas y, cada año al llegar esta fecha, recordamos cómo ellas reflejan la dignidad de los miles de republicanos que defendieron la legalidad democrática frente al golpismo y la derecha recalcitrante, una derecha que no soportaba avances en justicia social, libertad y democracia.

 

No soportaban que los derechos y libertades permitieran garantizar el acceso a la educación y la cultura, una cultura popular que alcanzaría al conjunto de la clase trabajadora. Así, se estableció un plan para la construcción a lo largo de todo el Estado de 27.000 escuelas y un programa formativo para contar con los y las mejores maestras aplicando nuevas pedagogías, una sauténtica revolución que permitiría la formación de las clases populares, algo que la oligarquía no soportaría. Sabían que si las “nadie” contaban con formación tambaleaban sus privilegios.

 

No soportaban la libertad de las mujeres y el caso de las Trece Rosas, todas mujeres jóvenes, la mayoría menores de edad, pretendía ser una llamada de atención del régimen franquista recién acabada la guerra a quienes pretendieran plantarles cara. De esta manera, a los desmanes que habían llevado a cabo contra las mujeres durante la ocupación militar de los pueblos y ciudades, se le sumaría la posterior represión. Las violaron, raparon sus cabezas y humillaron al objeto de sembrar el miedo entre la población, porque el miedo sería una de las señas de identidad de cualquier régimen fascista, también el franquista.

 

Aquel episodio también simbolizaría otro de los pilares del fascismo: la mentira. Debemos recordar que en aquel juicio se acusó a las jóvenes de la muerte el 29 de julio de ese mismo año, es decir, unos dias antes del propio juicio, de un comandante de la Guardia Civil. Sin embargo, las jóvenes a las que se les aplicó la condena de muerte por este hecho, aunque finalmente no constara en la sentencia, llevaban en prisión desde la primavera; en concreto, Blanca Brisac desde el 24 de mayo, esto es, más de dos meses antes de la muerte de Gabaldón. Al régimen franquista lo único que le interesaba era extender un plan represivo y acabar con cualquier tipo de resistencia.

 

En ese verano del 39 el franquismo desplegó la maquinaria que les permitiría justificar la ejecución de miles de personas mediante consejos de guerra sin garantía alguna para las personas presas. Así, la tapia del cementerio del Este se convertiría en escenario habitual donde muchas madrugadas se fusilaría a decenas de personas presas. En aquella madrugada del 5 agosto serían las conocidas como 13 rosas y los 43 claveles. En aquella madrugada asesinarían a Blanca Brisac y a su pareja Enrique García Mazas, entre otras.

 

Blanca Brisac nació en Donostia en 1910. Su padre que había sido el propietario de la fábrica de paraguas A. Brisac Ainé y Compañía en Bayona, emigraría a Donostia donde instalarían una sede de la fábrica anterior de tal manera que en conocidas tiendas de la ciudad como Casa Erro se venderían sus famosos paraguas. Con los años, los Brisac se terminarían asentando definitivamente en Madrid. Y fue en esta ciudad donde Blanca desarrolló su profesión de pianista tocando en la banda de música del cine Alcalá. Allí conoció al que sería su pareja y padre de sus hijos, Enrique García Mazas, violinista de la citada banda, además de ser destacado dirigente comunista en Madrid.

 

Acusados de llevar a cabo reuniones clandestinas en su domicilio, ambos habían sido integrantes del sindicato de profesores de orquesta, fueron detenidos e ingresaron en prisión el 24 de mayo de 1939. El régimen franquista se inventó un complot contra Franco para justificar su acción represora. Blanca no murió en la primera descarga y ante sus gritos de auxilio sería finalmente asesinada mediante el tiro de gracia. En aquella madrugada había dejado escrito a su hijo Quique unas palabras que trascenderían la Historia. Da igual las mentiras que utilizaran los franquistas porque la verdad era que la iban a matar “sólo por ser buena”. Y en esa carta dirigida a su hijo hay dos reflexiones que son importantes para la construcción de la memoria y la dignidad. Por un lado, que Blanca Brisac y Enrique García Mazas van “a la muerte orgullosos” y que “las personas buenas no guardan rencor”.

 

Que su memoria y su dignidad sean motor para quienes perseguimos una sociedad justa y libre. Que las mentiras y el miedo jamás acallen las voces dignas de quienes nos precedieron porque son parte del hilo rojo de la Historia. Que su sacrificio y muerte sirvan como ejemplo y que nuestro espacio público y nuestra historia se nutra de ejemplos como el suyo. Como diría otra de las Trece Rosas, Julia Conesa, que su nombre no se borre de la Historia.

 

Haizea Garay Gallastegui

Concejala de Ezker Anitza-IU en Donostia